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Vivencias

Las exposiciones “1968-2010 Vivencias” en noviembre de 2010 en el Museo de Alcalá de Guadaira y “Paisajes Objetos Bodegones” en enero de 2011en la Casa de la Provincia de Sevilla, suponen para Claudio, en aquel momento, un repaso histórico de su obra y de su contexto. Los textos que aparecen en esta entrada fueron realizados expresamente para el catálogo de una de aquellas exposiciones, «Vivencias» por el Catedrático de Historia de Arte, Fernando Martín Martín.

Con el significativo nombre de «Vivencias», se presenta esta exposición de Claudio Díaz como síntesis de una ya dilatada trayectoria dedicada por entero al arte, o lo que es lo mismo, a dejar constancia plástica de una existencia justificada en parte por la necesidad imperiosa de hacer participe y comunicar una serie de experiencias y sentimientos a partir del entorno que le rodea. Así pues, cada uno de los cuadros que conforman la muestra-ventanas abiertas al mundo de lo visible- son un fascinante testimonio de una respuesta anímica ante determinadas realidades, algunas próximas, otras externas, que han movido a este «poeta del color y del silencio», como hace tiempo lo calificamos.
Referirse a Claudio Díaz, es hacerlo sobre uno de los mejores representantes de ese realismo sevillano que durante los años sesenta formó escuela desde una figuración intimista y subjetiva, que tiene en el objeto su principal protagonista desde una óptica poética sumamente evocadora. Artista de extrema sensibilidad, participó en sus inicios en la mítica galería para la historia del arte sevillano contemporáneo, La Pasarela, así como en la igualmente por el mismo motivo como espacio innovador, de Juana de Aizpuru. Desde entonces, finales de los sesenta, hasta la actualidad, dejando aparte los años de estancia en Madrid, Claudio no ha dejado de exponer en distintos lugares de España de manera ininterrumpida. Persona reflexiva y observadora, independiente a modas y ajena a los «círculos vivos» del complejo medio artístico, su pintura responde y concuerda con su modo de ser, factores que constituyen una fuente idónea de entendimiento y comprensión Teniendo en cuenta esto, Claudio Díaz se nos revela por su forma de ser e incluso en el modo de entender la pintura, cercano a Giorgio Morandi, y ello no tanto por lo que podría creerse en un principio por su amor y reiteración hacia las naturalezas inanimadas o bodegones sino por esa sencillez y humildad que comparte con el gran artista boloñés Resulta curioso en este sentido, cómo a semejanza del italiano, Claudio tiene por estudio una estancia de su casa, concretamente el salón donde cada día ubica el caballete y se entrega a hacer lo que le gusta, para una vez acabado, volver a guardar los útiles. Morandi, tenía que pasar por la cocina donde habitualmente laboraban sus hermanas para pintar, casi siempre tomando como modelos los mismos objetos que eran variados de posición consiguiendo admirables armonías y sutiles equilibrios como es fácilmente comprobable En los bodegones del pintor sevillano, también aparecen reiteradamente los mismo objetos casi siempre, fruteras, quinqués, libros, jarras, nautilos, etc -formando rigurosas composiciones que gracias al tratamiento de la luz y al color consiguen nuevas lecturas y sensaciones, dado que pese a su apariencia formal éstos no son reproducidos tal como son, sino aprehendidos en determinado momento por la mirada subjetiva del artista.

Las cosas, sean objetos o la naturaleza expresada bajo el concepto de paisaje, son para Claudio vivencias inagotables donde las imágenes pierden su condición significante como mimesis de la realidad concreta, para transformarse en pintura, como impresiones obtenidas de la manera más inmediata y directa. De ahí las llamadas Transparencias de Invernadero, 2005 donde una realidad vegetal se ha desmaterializado en atmósferas exquisitas y deshechas, cuyas impresiones hacen olvidarse el tema quedando atrapados en su belleza y poder evocador.

Lo que hace Claudio con su obra, es algo parecido a abrir las puertas de par en par a la sensibilidad, a partir de ahí solo resta una cosa entrar con ello compartimos una vivencia, posiblemente semejante a la que sintió el propio artista cuando tomó el pincel.


FISONOMÍAS QUERIDAS

Cercanía y proximidad con el entorno, son dos realidades que definen bien la pintura de Claudio Díaz, y por tanto la filosofía que subyace detrás de esa posición. En este sentido, nada más inmediato que su familia cuya convivencia repercute en la contingencia del transcurso de los días constituyéndose en tema recurrente. Desde finales de los años sesenta, coincidiendo con los comienzos de su andadura como artista profesional, y durante la década siguiente, el retrato se convierte en argumento predilecto, retrato de sus seres queridos como su mujer Amparo, sus hijas Sensi y Hermas, sin renunciar tampoco al autorretrato dentro de un grupo e incluso algún que otro pariente tomados como modelos en representaciones que registran fisonomías, edades y actitudes con significados distintos según los casos. Así su mujer es sorprendida en tareas domésticas Amparo con Guantes 1975 o cómodamente sentada, Amparo en una Mecedora 1975, en análoga posición que Vecina Sentada en Camisón 1969, donde el artista tiene como única pretensión fijar momentos en la vida de una persona, en el tiempo, sin ninguna trascendencia, simplemente la captación del estar, como fotografías sin anécdota carentes de todo símbolo.

Uno de los primeros y encantadores retratos fechado en 1968, es el dedicado a su hija Sensi con dos años, presentada de busto y tocada con un gracioso sombrero cónico que centraliza el rostro, en él se destaca la expresiva mirada. De modo semejante efectuará unos años más tarde el de la hermana menor, Hermas 1976, deteniendo su atención únicamente en la captación de la cara con un tratamiento del cabello desvaído y un tanto impreciso en su textura. Retratos realizados con afecto y ternura como no podía ser de otro modo. En ellos se aprecian ya dos características propias de la paleta del artista sevillano, como es su gusto por el uso de tonalidades cromáticas suaves que tienen en el azul su preferencia, y por otro lado, sus cualidades como dibujante, un dibujo nunca incisivo que parte directamente del pincel sobre el lienzo. Esta tipología de retrato infantil en primer plano, sin referencias ambientales y centrada en la fisonomía, no volverá a aparecer hasta entrada la actual década, estando dedicados esta vez a sus nietos Daniel 2002, Claudia 2008, Nicolás 2008, cuyo rasgo común es la captación vital expresada en la mirada.
Sin salir del circulo familiar como protagonistas de sus cuadros, resulta interesante por lo que tiene de simbólico, apartándose del mero registro identitario, tres composiciones que aún teniendo una vez más a una de las hijas del pintor como modelo, en edad ya adolescente, contienen una intencionalidad cuya lectura se presta a sugerentes deducciones Hermas en el río 1978, es una composición donde figura y paisaje se funden con un sentido distinto de haberse abordados por si solos como género temático, en realidad el argumento que se expone, es el de la contemplación, el de un estado de ensimismamiento ante la naturaleza por parte de una joven que centra su mirada en el manso transcurso de un río, un estado de sosiego que se transmite al espectador. Al estar de espaldas y por tanto ser anónima, adquiere una dimensión universal en el que cualquiera puede asociarse Con parecida idea Claudio lo volverá a repetir al realizar el cartel para las fiestas de primavera de Sevilla en 1989, donde reitera la posición de su hija ataviada con el típico traje de gitana de espaldas y acomodada desde la barandilla del puente al río Guadalquivir, interpretación fuera de lo convencional en este tipo de publicidad que sin dejar de aludir al motivo que lo promueve, suscita unas connotaciones sensitivas de calma e incluso de cierta melancolía acentuada por ese carácter difuminado y atmósfera empañada tan del gusto del autor. Esta sensación de quietud se observa también en Sensi la Cansina 1981, visión desde el interior de la vivienda, en que la protagonista sentada en el quicio de la entrada de la casa donde pasaba las vacaciones la familia, sirve de enlace con una naturaleza de horizonte ilimitado, dentro de un acertado encuadre

Sin duda una de las obras más bellas, y a la vez emotiva, de este periodo de los setenta, es Niñas Dormidas 1976, escena de interior donde sus hijas aparecen cada una en su cama plácidamente descansando, pintura intimista en la que introduce la mirada del espectador, adentrándole en espacio y haciéndole partícipe del reposo, mientras reparamos en el volumen de los cuerpos a través de las sábanas en recreada complacencia de pliegues y dobleces de las telas, una especial poesía a través de las delicadas tonalidades de azul que inundan la habitación en suave contraste con el fragmento rojo del pavimento central que actúa de elemento simétrico de la composición.

Sin apartamos del ámbito familiar, en este caso tomando como pretexto genérico e ilustración de comentario social e irónico, explícito ya en el propio título, Sagrada Familia 1970, se nos muestra determinado gusto y documento de una realidad ornamental común de determinada clase dos niñas y una mujer alrededor de una mesa camilla (Sensi, Hermas y Amparo) aparecen contextualizadas en un interior del salón comedor, formando parte de todo un repertorio de objetos Kitsch: típicos paisajes convencionales, fotografías alusivas a la boda y al bautismo, como testimonio de eventos tradicionales, o la famosa muñeca folclórica encima del televisor sobre tapete incluido. Respondiendo a semejante enfoque irónico, es el cuadro titulado Pepe en la Playa 1975, como imagen estereotipada del personaje en bañador con gafas de sol y sombrero, presentado como prototipo de vulgaridad.



PAISAJES SENSITIVOS

El paisaje junto con el bodegón, han ocupado el quehacer de Claudio de manera intermitente a lo largo de su copiosa producción, siendo en ambos géneros donde su personalidad artística se manifiesta con mayor esplendor y entidad. Es precisamente desde dichas temáticas y dentro de la mejor tradición figurativa lo que le sitúan en el denominado «realismo sevillano» junto a nombres como Joaquín Sáenz, Teresa Duclós o Carmen Laffón, teniendo entre los citados, una especial afinidad con ésta última, por su sensibilidad en el modo de percibir e interpretar las cosas que requieren su atención.

Comentar los paisajes de Claudio es hacerlo teniendo conciencia de su singularidad, esto es, como una manera particular de concebirlos mediante fusión entre visión subjetiva y sentimiento, por lo que sus paisajes antes de ser versiones literales de una realidad, son transfiguraciones sensitivas y poéticas que hacen de ellos un espacio donde la mirada del que los contempla es impelida a sumergirse en un campo de color y luz en el que transita de modo gozoso. El motivo se presenta como una suerte de sinécdoque pictórico, alegóricamente materializado, entre la oscilación de un fragmento iconográficamente expresado de la naturaleza, por ejemplo, una enredadera de lilas, o como visión dilatada de horizontes limitados. Partiendo de esta premisa dual, el paisaje evoluciona de la concreción a un grado sutil de indeterminación que llegará a alcanzar la abstracción de modo semejante a la famosa serie de Ninfeas de Monet, donde la representación de las plantas acuáticas se van desdibujando paulatinamente hasta transformarse en manchas de color y de luz, que antes de definir, evocan paisajes de agua.
Desde finales de los setenta el paisaje bien natural o creados desde interiores, ocupan preferencia en su trabajo, alternándolo con el género del bodegón, constituyendo un lugar de reflexión que irá variando en composiciones que pautan enfoques distintos según circunstancias y momentos de las telas iniciales en esta temática del paisaje, es el cuadro titulado El Pinar, 1981, realizado en los alrededores de la Cansina, lugar de descanso durante las vacaciones y estudio del artista durante algunos años desde su vuelta definitiva de Madrid. El Pinar es uno de los escasos pal sajes efectuados al aire libre, en él se recoge selectivamente una visión de la naturaleza que anuncia, pese a su carácter naturalista un modo personal de registrar las cosas, gustando de situar en primer plano los elementos, en este caso un grupo de altos y estilizados árboles que dan paso a un lejano fondo, en dialéctica de verticales y horizontales, así como el evanescente tratamiento cromático por el que se propicia la comunión entre fondo y forma. Todo aparece matizado por una luz difusa, neblinosa, como la aurora que aguarda la claridad de unos rayos diurnos.

Tomando el titulo de la hermosa película de James Ivory. Una Habitación con Vistas, 1986, podríamos englobar a un conjunto de composiciones que teniendo el paisaje como principio argumental, este se ofrece de modo indirecto a través de la intersección transparente de unos visillos de una ventana interior. Sin duda este enfoque interpretativo es sumamente interesante y original, pues el objetivo del artista parece más encaminado en la expresión o hecho artístico en sí, que la representación de un paisaje concreto, constituyendo una excusa que le conduce en ocasiones a interpretarlo como visión subjetiva e informal de gran belleza.
Visillos 1975, es una composición vertical que se presta bien al formato dado por el propio vano, una ventana velada por un visillo que deja ver una persiana cerrada, no hay paisaje, es un interior, donde la luz y las gradaciones del color subrayan la claridad translúcida de las leves texturas de los plegados de la tela, no existen contrastes, simplemente una homogeneidad tonal de azules y rosas. Siguiendo con la misma iconografía, Ventana con Visillo 1983. da paso a un auténtico paisaje, un paisaje bien es verdad entrevisto, filtrado a través de una cortina por la que sus formas se perciben imprecisas pero suficientemente para constatar sus existencia y crear gratas Impresión de mayor audacia conceptual, es la serie de obras que persistiendo en la idea de ventana como marco y diálogo con la naturaleza, ésta desaparece siendo referida metafísicamente, a través de un simple cordel de persiana para centrarse en el paisaje, auténtico protagonista del cuadro: Cielo y Cordel de Persiana 1987, prescindiendo de personajes y todo tipo de anécdotas. Claudio aborda con esencialidad prístina, un paisaje celeste dividido simétricamente por una cuerda creando una composición a modo de díptico. Este recurso un tanto ilusionista, confiere a las obras una entidad próxima a la abstracción, rasgo este que en otros cuadros, los objetos llegarán a un grado de disolución que alcanza el valor de mancha y de imagen imprecisa. Estos no son más que un pretexto, como el propio artista ha confesado alguna vez, para crear una realidad poética, es decir una manera de certificar el clásico ideal de Ut picture poesis, paisajes configurados por suaves aplicaciones de capas de color yuxtapuestas y transparentes, suscitando percepciones infinitas de dilatadas panorámicas en el que la mirada se pierde. El carácter poético que impregna el trabajo de Claudio, se manifiesta a lo largo de toda su obra en distintos temas, que tienen en la naturaleza su principal motivo de inspiración, una naturaleza representada a veces por majestuosas enredaderas de flores que se manifiestan como exuberantes y expansivos tapices vegetales: Puerta de Atrás 1994, o en fragmentos selectivos dentro de un espacio incierto, ingrávidas como se puede apreciar en esa bellísima y lírica composición titulada Enredadera Rosa 2001, obra espléndida que muestra de modo explícito la sensibilidad del artista y su capacidad para expresarla. En forma de cascada floral de jazmines representados con toques impresionistas de sutiles tonalidades malvas, rosas y blancos, se invade el espacio dejando ver fondos de una especial riqueza en matices que hacen de su visión una verdadera fiesta para los sentidos

Siguiendo parecida línea conceptual de «Paisaje», tomando la parte por el todo, son las variaciones en primer plano de la serie genéricamente titula da «Palmeras», efectuadas a lo largo de 2004. Donde el pintor escoge como motivo la representación de la copa del árbol, otorgando a las imágenes una contundencia volumétrica de gran potencia visual, gracias a la preeminencia de ramas y tallos cercenados, y la acertada transición cromática contrastada entre la parte del tronco a penas esbozado y la precisión formal superior de la planta.





NATURALEZAS SILENCIOSAS

Desde los inicios de la modernidad o vanguardia histórica, el bodegón no sólo recuperó un prestigio perdido, sino que se erige en uno de los géneros preferidos como excusa de lenguaje, haciendo realidad aquel deseo de Paul Cezanne cuando exclamó ¡Conquistaré París con una manzana! Partiendo de esta nueva concepción, el bodegón prescindirá del carácter simbólico y trascendente de otros tiempos, para convertirse en especulación formal y lingüística como realidad percibida por el artista en visión subjetiva y personal, que en el caso de Claudio, aparece como naturalezas silenciosas plenas de belleza y ordenada quietud. El género del bodegón ha gozado siempre del favor de la mayor parte de los artistas andaluces, y de manera particular, por los pertenecientes al denominado «realismo intimista sevillano» siendo Interpretado esta tradicional temática por un rasgo común que les distingue, y es ese sentido innato de captar la realidad, en este caso los objetos, con un alto grado estético, «de lo apolíneo», una característica por lo demás extensible también al cultivo de otros modelos e iconografías.
Aunque el bodegón en la pintura de Claudio tiene desde sus comienzos una presencia continua, como puede comprobarse en composiciones tempranas, pese a ser expresadas de modo indirecto en ejemplos como en el lienzo titulado Entorno a una mesa 1975, donde aparece el pintor con su familia en una mesa en la que se encuentran distintos alimentos junto a un frutero con manzanas en el centro, representación esta última, que en los últimos años, alcanzará auténtica relevancia hasta constituirse en temática casi exclusiva.

Repasando la numerosa variedad de naturalezas silenciosas, advertimos que el protagonismo iconográfico está interpretado por objetos pertenecientes al ámbito doméstico e íntimo del pintor, que va de los clásicos bodegones de flores y frutas, hasta humildes macetas, prosaicos envases de plástico, pasando por un rico muestrario de contenedores: frascos de cristal, quinqués, juegos de café, caracolas, muebles adornados con nacarados y bruñidos nautilos, anaqueles con libros, sin olvidar, antes al contrario por su originalidad y hermosura, lavabos convertidos en recipientes de expansivas y desbordantes plantas.

Observando con detenimiento este copioso inventario de objetos, comprobamos que su elección justificativa, se nos ofrece como aleatoria opción por parte del pintor para hacernos participes de su mirada, de una realidad construida a partir de enseres cercanos que conviven con él desde hace tiempo, que son vistos constantemente despertándole emociones y recuerdos distintos cada vez que fija sus ojos en ellos y los sitúa en un concepto diferente, sea real o forzado. Esto hace que sus bodegones se conviertan en motivos pictóricos, más conmovedores por su realización y tratamiento, que por su representación, aunque ésta esté transida de emociones e intimas vivencias.
La morosidad con que están realizadas estas naturalezas silenciosas, ordenadas y serenas, desprenden una profunda delectación, un verdadero festín visual, no tanto como hemos apuntado por su representación formal. Aunque a veces también, como los excelentes centros de cristal de distinto color, que transparentan su apetitoso contenido cumpliendo la tradicional y primordial misión de degustar con la mirada, y suscitando el apetito Bodegón Verde 2006, Bodegón Azul 2006, Bodegón Amarillo 2007- sino por el admirable virtuosismo con que el artista, como alquimista experimentado, transforma en poesía y suprema belleza cualquier objeto.

Excelencias conseguidas gracias a la soberbia sabiduría del pintor en el modo de representar los distintos objetos, tanto si aparecen formando un conjunto o, de manera solitaria y única, como suele acontecer con frecuencia. Si bien la utilización de un cromatismo matizado, con sus habituales gamas de azules, rosas, amarillos, y el carácter textural que otorgan a las composiciones calidades de pastel, son factores esenciales en su resolución plástica, es sin embargo la ubicación de los objetos sin referencia espacial alguna, en el nítido vacío y la tenue luz que los envuelve, donde los bodegones de Claudio logran su máxima expresividad tectónica e indudable identidad estética. Ellos producen a veces una experiencia paradójica para el que los contempla, y es el hecho de que pasados los primeros momentos, en que de manera instintiva y automática identificamos la realidad del objeto, estos ceden el protagonismo poco a poco a valores sensitivos, percepciones a un sentimiento de emoción intensa.

FERNANDO MARTIN MARTIN

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